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Redes asesinas: una muerte lenta y dolorosa por aparejos de pesca abandonados

Las redes asesinas o redes fantasma constituyen una de las formas más crueles con las que el ser humano está destruyendo la naturaleza. Todos los años quedan abandonados en el fondo del mar miles de aparejos de pesca que siguen atrapando peces, tortugas o focas. Estos animales permanecen allí inmovilizados durante meses y años, a veces asfixiándose, sin posibilidad de escapar.

Las redes de pesca se han convertido en un patrimonio cultural de muchos pueblos pesqueros en España, pero detrás de esa cultura pesquera hay, sin embargo, uno de los mayores problemas a los que se enfrentan los ecosistemas marinos alrededor del globo: las redes fantasma o redes asesinas.

Tan solo en el Mediterráneo se ha calculado que existen 800.000 toneladas de estas trampas mortales, que solo sirven para dar una muerte lenta y dolorosa a millares de peces, aves marinas, tortugas e incluso focas que quedan atrapadas en estos aparejos abandonados en el fondo marino. Su retirada es una de las necesidades más urgentes de los ecosistemas marinos.

Las redes fantasma suponen a día de hoy el 10% de los residuos y vertidos al mar. La entidad WWF calcula que cada año se pierden a la deriva en todo el mundo entre 500.000 y un millón de toneladas de redes y artes de pesca, convirtiéndose en trampas mortales para la fauna. Este fenómeno se produce a todo el planeta, pero hay lugares en los que se deja notar más, como en el Pacífico, donde las redes, palangres y cuerdas desechadas constituyen aproximadamente el 46% de la Gran Mancha de Basura del Pacífico, una enorme acumulación de residuos descubierta en dicho mar.

En mar abierto, las redes de pesca, los FAD y los palangres pueden desplazarse a la deriva durante mucho tiempo contribuyendo así al transporte de compuestos tóxicos persistentes y especies invasoras y constituyendo un riesgo para embarcaciones. Pero, cuando se hunden, perjudican los ecosistemas y especies del fondo del mar, e incluso representan una amenaza para los buceadores.

Si llegan a tierra, contribuyen a la destrucción de hábitats vulnerables y pueden causar enredos en animales terrestres. Además, son responsables de la pérdida de poblaciones de peces con valor comercial, lo que socava tanto la sostenibilidad general de la pesca como a las personas que dependen del pescado para su alimentación y sustento.

La muerte inútil de miles de animales

“Capturan las especies silvestres de manera no selectiva”, señala la WWF, que indica que somete a estos animales “a una muerte lenta y dolorosa por agotamiento y asfixia”. De hecho, al enredarse en una de estas redes, el animal puede permanecer entre 60 días y hasta 20 años sin poder moverse. Una revisión científica sobre estos plásticos de pesca, señalan que entre un 73% y el 100% de las especies que son atrapadas por ellas, acaban muriendo.

Pero los daños causados por las artes de pesca fantasma no se detienen aquí, pues también deterioran hábitats marinos clave, como los arrecifes de coral. Un artículo científico titulado Ghost fishing impacts on hydrocorals and associated reef fish assemblages y publicado en la revista Marine Environmental Research, llega a la conclusión de que los organismos más perjudicados por el abandono a su suerte de estos materiales son los corales masivos y, concretamente, la Acropora florida, un tipo de coral que contribuye a la generación de nuevos arrecifes.

Estos corales brindan refugio y un lugar seguro para alimentarse y reproducirse, especialmente para los peces y, por lo tanto, “los impactos en la estructura del coral pueden comprometer directamente a estas especies asociadas”.

Desde hace años se ha estado alertando de este fenómeno y son diversas las iniciativas que se han puesto en marcha para tratar de paliar el daño que generan.

Es el caso de la organización World Animal Protection, que en 2018 puso en marcha una campaña titulada “pesca fantasma” con el objetivo de salvar a un millón de animales ese año. O la de Save The Med, enfocada al Mediterráneo, en el que ha desarrollado ‘MED GHOST FADS’, una nueva plataforma de comunicación en la cuenca del Mediterráneo para administraciones públicas, autoridades portuarias, instituciones de investigación, centros de recuperación de fauna marina, pescadores, centros de buceo y navegantes.

En Baleares, se ha anunciado una inversión económica derivada del impuesto turístico (ecotasa) para retirar redes de pesca abandonas en los fondos marinos de forma sistemática.

Alternativas sostenibles y beneficiosas

Los investigadores ya buscan alternativas que permitan evitar esta pérdida de ecosistemas sin causar daños a la pesca. Una de ellas son las redes biodegradables, destinadas a  destinadas a degradarse o descomponerse después de un cierto período de tiempo bajo el agua, lo que conlleva a que pierdan su capacidad de pesca fantasma más rápidamente que las redes convencionales.

Un grupo de investigación integrado por científicos coreanos e italiano desarrolló un material de red biodegradable que se degrada después de dos años vagando por el mar. La búsqueda de una alternativa ha llegado hasta la química molecular, que busca polímeros para poder formar redes menos contaminantes.

Por otra parte, hay también iniciativas en el ámbito empresarial, como sucede en Euskadi. El proyecto SARETU, impulsado por la Asociación Bermeo Tuna World Capital, con la colaboración de la compañía pesquera vasca de túnidos Echebastar, el centro tecnológico AZTI y la empresa textil TERNUA, busca dar una segunda vida a las redes y aparejos de pesca abandonados, perdidos o descartados que se acumulan en los océanos.

« Nuestro objetivo principal es recoger y reciclar las redes atuneras descartadas para reciclarlas y darles una nueva utilidad», asegura Rogelio Pozo, desde Bermeo Tuna World Capital.

Para conseguirlo, SARETU se articula en cuatro fases diferenciadas. La primera consiste en almacenar las redes atuneras de cerco que son descartadas en el puerto de Seychelles, la principal base de la actividad pesquera de los grandes buques atuneros vascos que faenan en el Océano Índico. En segundo lugar, se procede a acondicionar esas redes para que puedan ser recicladas. Una vez preparadas llega la tercera etapa, que consiste en el reciclaje mecánico de las redes para convertirlas en hilo ECONYL. Con ese producto se da paso a la etapa que cierra el ciclo: la producción.

«El hilo final es el resultado de la mezcla de las redes de pesca recicladas con otros materiales descartados y nos permite crear los tejidos para diseñar y desarrollar prendas», puntualiza Rogelio Pozo.

La humanidad se enfrenta, una vez más, ante la imperiosa necesidad de transformar lo que actualmente es un instrumento destrucción en una materia prima para reciclar.

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Verónica Pavés

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