Verde y Azul

Restaurar la bahía de Chesapeake (EEUU): un imposible que empieza a hacerse realidad

La bahía de Chesapeake se recupera poco a poco. Y ese éxito, impensable hace medio siglo, hace albergar esperanzas de que, con unión, compromiso y voluntad, es posible recuperar zonas muy degradas. El programa para restaurar el mayor estuario de los Estados Unidos es un ejemplo para el mundo, un imposible que empieza a hacerse realidad.

La historia de la bahía de Chesapeake, considerado un tesoro nacional de los Estados Unidos, es un choque clásico entre los intereses comerciales a corto plazo y la salud ecológica –también la económica– a largo plazo.

Las aguas de la bahía albergaron durante milenios vastas cantidades de vida marina. Pero el desarrollismo registrado en su entorno, la presión urbanística, de los pescadores, los recolectores, los ganaderos y los agricultores provocó una alarmante contaminación en los años setenta del siglo pasado. La producción pesquera cayó en picado. La biodiversidad se resintió gravemente.

Entonces se ideó un ambicioso plan para recuperar la bahía. Un empeño en el que participan más de un centenar de entidades: agencias federales y estatales, gobiernos locales, ONGs e instituciones académicas.

Primer paso: mejorar el tratamiento de aguas residuales

El primer paso, que ha resultado fundamental con el paso del tiempo, fue mejorar el tratamiento de las aguas residuales. Maryland y Virginia aplicaron tecnología de eliminación mejorada de nutrientes, mediante filtros de microorganismos. Y la contaminación por nutrientes se ha reducido en un 50%.

Planta de tratamiento de aguas residuales de Piscataway, Maryland. Foto: Chesapeake Bay Program

La reducción de las emisiones de las centrales eléctricas y los automóviles fueron asimismo determinantes. El pasto marino empezó a crecer rápidamente. A partir de ahí, comenzó “una cascada de efectos positivos”, según el trabajo titulado “El complejo caso de la restauración de la bahía de Chesepeake”, de John Carey, publicado en “Proceedings National Academy of Sciencies of the United States of America”.

Aunque las mejoras son en algunas áreas escasas y lentas, están empezando a verse resultados alentadores. Las “zonas muertas”, que hace solo unos años ocupaban buena parte del estuario, se han reducido. El agua es un poco menos turbia. La flora marina se recupera. Los arrecifes de ostras prosperan. Los delfines han vuelto.

“Las cosas están cambiando para mejor”, señala Chris Patrick, director del programa de vegetación acuática del Instituto de Ciencias Marinas de Virginia (VIMS). Pero “cualquier rehabilitación llevará décadas”, advierte Scott Phillips, coordinador de la Bahía de Chesapeake para el Servicio Geológico de los Estados Unidos.

El punto de partida era preocupante: la bahía de Chesapeake sufría graves problemas de contaminación tóxica, sobreenriquecimiento de nutrientes y disminución de los pastos marinos. Era un “ecosistema en declive”, con severa disminución de las poblaciones de fauna y flora. Había que actuar.

Una bahía donde desaguan más de 150 ríos

No era fácil, porque la bahía, donde desaguan más de 150 ríos, drena un área de más de 166.000 kilómetros cuadrados, de los estados de Nueva York, Pensilvania, Delaware, Maryland, Virginia y Virginia Occidental, así como el Distrito de Columbia.

Además, la cuenca hidrográfica de la bahía, que alberga más de 3.600 especies de plantas y animales, es el hogar de más de 15 millones de personas.

Un recolector de ostras en las aguas al norte de Deal Island. Foto: Chesapeake Bay Program

El primer pacto para salvar la bahía llegó en 1983. Y en 2014 se firmó un acuerdo histórico, que aceleró el ritmo de la restauración y estableció metas y resultados para la restauración de la bahía, sus afluentes y las tierras que los rodean.

Los socios del Programa de la Bahía de Chesapeake visualizan una cuenca hidrográfica “ambiental y económicamente sostenible, con agua limpia, vida abundante, tierras conservadas y acceso al agua, un patrimonio cultural vivo y una diversidad de ciudadanos y partes interesadas comprometidas”.

Para lograrlo, en primer lugar identificaron los problemas. El primero, la mala calidad del agua, que perjudican la salud de las especies en toda la región. El segundo, la presión agrícola y la creciente necesidad de tierras y recursos, que ha fragmentado y degradado los hábitats de los que dependen.

Asimismo, el exceso de nutrientes, sedimentos y contaminantes tóxicos degradan las vías fluviales, dañan a los peces y la vida silvestre y representan riesgos para la salud humana.

Resistir los efectos adversos del cambio climático

Auguraron que las tormentas, las inundaciones y el aumento del nivel del mar tendrán grandes impactos en la cuenca. Y señalaron que monitorear, evaluar y adaptarse a estas condiciones ambientales cambiantes ayudará a los recursos vivos, hábitats, infraestructura pública y comunidades a resistir los efectos adversos del cambio climático.

Más conclusiones: los cambios en el uso y desarrollo de la tierra pueden perjudicar la calidad del agua, degradar los hábitats y alterar paisajes de importancia cultural. La conservación de tierras con valor ecológico, histórico y comunitario es “fundamental” para mantener un ecosistema saludable.

Finalmente, los responsables del programa saben que el éxito a largo plazo del esfuerzo de restauración de la bahía depende del trabajo de las personas y las comunidades que viven a lo largo de la cuenca. Así que conectarse con los administradores ambientales actuales y alentar a los futuros líderes locales “ayuda a construir la red que mantendrá el trabajo en marcha”.

La cuenca de la bahía de Chesapeake.

Decálogo de objetivos del programa de restauración.

1. Objetivo de pesca sostenible. Proteger, restaurar y mejorar los peces, mariscos y otros recursos vivos, sus hábitats y relaciones ecológicas para mantener todas las pesquerías y proporcionar un ecosistema equilibrado en la cuenca y la bahía.

2.Objetivo de Hábitats Vitales. Restaurar, mejorar y proteger una red de hábitats terrestres y acuáticos para sustentar los peces y la vida silvestre y ofrecer otros beneficios públicos, incluida la calidad del agua, los usos recreativos y el valor paisajístico a lo largo de la cuenca.

3.Objetivo agua limpia. Reducir el exceso de nutrientes, sedimentos y contaminantes tóxicos que degradan las vías fluviales, dañan a los peces y la vida silvestre y representan riesgos para la salud humana.

4.Objetivo eliminar contaminantes tóxicos. Asegurar que la bahía y sus ríos estén libres de efectos de contaminantes tóxicos sobre los recursos vivos y la salud humana.

5.Objetivo de cuencas hidrográficas saludables. Mantener aguas y cuencas hidrográficas saludables identificadas por el estado, reconocidas por su alta calidad y alto valor ecológico.

6.Objetivo de resiliencia climática. Aumentar la resiliencia de la cuenca de la bahía, incluidos sus recursos vivos, hábitats, infraestructura pública y comunidades, para resistir los impactos adversos de las cambiantes condiciones ambientales y climáticas.

7.Objetivo de conservación de la tierra. Conservar los paisajes atesorados por los ciudadanos para mantener la calidad del agua y el hábitat; sostener los bosques, las granjas y las comunidades marítimas en funcionamiento; y conservar tierras de valor cultural, indígena y comunitario.

8.Objetivo de administración. Aumentar el número y la diversidad de los administradores locales (ciudadanos) y los gobiernos locales que apoyan y llevan a cabo activamente las actividades de conservación y restauración que logran arroyos, ríos locales saludables y una vibrante bahía.

9.Objetivo de acceso público. Ampliar el acceso público a la bahía y sus afluentes a través de parques, refugios, reservas, senderos y sitios asociados locales, estatales y federales nuevos y existentes.

10.Objetivo de alfabetización ambiental. Permitir que los estudiantes de la región se gradúen con el conocimiento y las habilidades para actuar responsablemente para proteger y restaurar su cuenca local.

Web sobre el programa ‘Chesapeake Bay’: https://www.chesapeakebay.net/

Te puede interesar: ¿Es ecológico el urbanismo de rascacielos?

Ramón Díaz

Ramón Díaz Alonso (Llanes, Asturias; 1962). Trabaja desde 1990 en La Nueva España, primero como corresponsal en la comarca oriental de Asturias, después como responsable de la edición del oriente de Asturias y desde 2017 en la sección de Asturias, especializado en información política, de infraestructuras y ambiental. Colabora desde enero de 2021 con Verde y Azul, el canal de medio ambiente de Prensa Ibérica y Grupo Zeta. Es coautor de varias publicaciones de la Asociación Asturiana de Periodistas y Escritores de Turismo (ASPET).