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Montreal, Kioto y París: tres grandes hitos mundiales para salvar el planeta

Son muchas las cumbres mundiales que se han celebrado para preservar el planeta en las últimas décadas, pero tres de ellas han marcado el camino hacia la actual estrategia de reducción de emisiones. Todo comenzó con en los años 80 con la amenaza del agujero en la capa de ozono.

Montreal, 1987: un agujero que tapar

En 1985, el descubrimiento de un enorme agujero en la capa de ozono sobre la Antártida confirmó una teoría publicada y defendida desde los años setenta por dos investigadores de la Universidad de California, Frank Sherwood Rowland y Mario Molina, sobre los clorofluorocarbonos, unos gases conocidos como los CFC, y que estaban presentes en artículos cotidianos como la laca para el pelo, los desodorantes o la pintura en spray.

Estos gases estaban destruyendo la capa de ozono, el principal escudo del planeta contra los gases ultravioleta del sol, y su debilitamiento había comenzado por el punto más austral de la Tierra. De no atajarlo, podría suponer que enfermedades como el cáncer de piel empezaran a proliferar.

La evidencia científica consiguió superar el escepticismo, la incredulidad y la desidia inicial respecto a los hallazgos de Rowland y Molina sobre los efectos de los CFC en la capa de ozono, tanto es así, que incluso los grandes productores de químicos del mundo tuvieron que aceptar el problema. Curiosamente, el papel de dos líderes ultraliberales como eran los mandatarios de EE UU, Ronald Reagan, y de Reino Unido, Margaret Thatcher, fueron determinantes para alcanzar el acuerdo.

Negociaciones del Protocolo de Montreal (enmienda Kibali). Foto: Reuters

Además, la ONU ejerció un importante papel de mediación internacional entre aquellos países que abogan por la erradicación total de los CFC y aquellos que eran reticentes, y sentó las bases para impulsar un tratado a escala global. Así fue como todos los países de las Naciones Unidas -190 en total- firmaron el Protocolo de Montreal en 1987, dos años después del descubrimiento del agujero en la capa de ozono, por el que se establecía una prohibición progresiva de estos gases, considerado el acuerdo medioambiental con más éxito hasta la fecha.

El acuerdo dio resultado y, de hecho, los satélites de la NASA ya certificaron en 2018 la reducción de los niveles de cloro -el compuesto que agota la capa de ozono- procedente de los CFC desde su erradicación. Sin embargo, se estima que el agujero de la Antártida no recuperará los niveles previos a 1980 hasta 2050 y, a nivel global, no habrá recuperación hasta 2070.

Kioto, 1997: gases de efecto invernadero, un reto global

El Protocolo de Kioto fue un acuerdo internacional jurídicamente vinculante ratificado en 1997 por 192 países y puesto en marcha en 2005, por el que los estados más industrializados -los países en desarrollo no estaban vinculados- se comprometían a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, con el objetivo de poner coto al avance del cambio climático.

Por primera vez, a través de un tratado, se ponían números a los objetivos para tratar de evitar una hecatombe climática que ya mostraba señales de ser más que una teoría científica.

Aún así, pese al gran número de países firmantes, resultó especialmente significativa la ausencia de Estados Unidos en el protocolo, una de las principales potencias emisoras. EE UU rechazó ser partícipe del acuerdo que exigía a los países desarrollados un recorte en las emisiones de los gases de efecto invernadero del 5% con respecto a los niveles de 1990 antes de 2012.

Al acercarse esa fecha de expiración sin los resultados apetecidos, se acabó aprobando una prórroga hasta 2020, fijando una mitigación de hasta el 18% en comparación con los registros de 1990. Metas, por cierto, insuficientes para los esfuerzos ambientales que la comunidad científica exigía desde hacía décadas.

Acuerdos de Kioto, un primer paso hacia la estrategia actual. Foto: Agencias

Además, en ese segundo período de Kioto se descolgaron Japón, Rusia, Canadá y Nueva Zelanda, de manera que aquellos países que sí han permanecido, entre ellos la Unión Europea, son los responsables de menos del 15% de las emisiones globales. La aprobación de esta segunda etapa se conoce como Enmienda Doha.

Según la ONU, las emisiones de GEI en 2018 fueron un 25,3% inferiores a las de 1990. «Si bien los resultados de esta evaluación son muy alentadores, sólo se aplican a un grupo de unos 37 países. Sin embargo, a nivel mundial las emisiones han ido en aumento, lo que aclara la necesidad urgente de una mayor ambición», afirmaba en junio de 2020 Patricia Espinosa, Secretaria Ejecutiva de ONU Cambio Climático.

El protocolo de Kioto fue trascendental -y también muy criticado- por la creación de mecanismos de “flexibilidad” para cumplir con los objetivos de reducción, siendo los más controvertidos la posibilidad de que los países comerciaran con las emisiones contaminantes y financiaran proyectos medioambientales y sostenibles en otros estados a cambio de derechos de emisión, de manera que los países pudieran comprar y vender sus derechos o incluso excederse en ellos.

París, 2015: el acelerador hacia las emisiones cero

Tres años después de que se ratificase con apoyos muy mermados el segundo período transitorio dentro del marco de Kioto, llegó la Cumbre de París, la COP21 celebrada en 2015. En esta cita internacional por el clima se aprobó el Acuerdo de París, de carácter universal y también jurídicamente vinculante, con cerca de 190 países participantes.

Este acuerdo, que actualmente sienta las bases de todas las políticas climáticas tanto nacionales como internacionales, llegó para sustituir a Kioto y, además, evitar precisamente la falta de apoyos de la que adoleció el protocolo de 1997. Por ello, se establecieron objetivos globales comunes, pero que no serían impuestos a los países, sino que ellos mismos deberían trazar su propia ruta para cumplirlos. Por otro lado, ya no se distinguía entre países desarrollados y países empobrecidos  y se eliminaron las sanciones en caso de incumplimiento.

Los objetivos básicos a cumplir en este acuerdo consisten en mantener el aumento de la temperatura media de la Tierra por debajo de los 2ºC sobre los niveles preindustriales y, si es posible, reducir esa subida hasta 1,5ºC. Además, este acuerdo subraya la importancia de alcanzar el pico máximo de emisiones de cada país cuanto antes para empezar a rebajar la curva. Todo ello a través de planes nacionales integrales por el clima.

El Acuerdo de París de 2015, el que marcó el camino actual. Foto: Efe

Los países firmantes adoptaron una serie de compromisos como ofrecer ayuda internacional a los países en desarrollo para adaptarse a las consecuencias del cambio climático.

La ‘espina’ que sigue clavada en las negociaciones es el artículo 6 del Acuerdo de París, en el que se recoge la posibilidad de que los países opten por en un mecanismo internacional de intercambio de derechos de emisiones para facilitar que se alcancen los objetivos de reducción de emisiones.

Las negociaciones para regular esta compra y venta de emisiones de carbono, definida de una forma muy ambigua en el Acuerdo de París, encallaron en la COP24 celebrada en Katowice en 2018, y no consiguieron llegar a buen puerto en la COP25 de 2019 celebrada accidentalmente en Madrid, por lo que los participantes se emplazaron a encontrar la solución en la próxima Cumbre del Clima, la COP26 que se celebrará en Glasgow en noviembre de este año tras ser aplazada por la crisis sanitaria.

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Ana I. Montañez

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