Verde y Azul

Ganadería industrial: un negocio que devora el planeta

Las grandes explotaciones industriales obligan a arrasar enormes extensiones de bosque para obtener pienso, lo que dispara el CO2 emitido a la atmósfera
Comer menos carne ayuda al planeta y también a la salud pública

Agroalimentación. La humanidad, al menos la occidental, está saturada de carne en su dieta diaria. Esto, aparte de graves problemas en la salud, contribuye decisivamente a la crisis climática, debido a los efectos de las grandes instalaciones industriales, cada vez más numerosas. La deforestación de bosques, junto con los purines contaminantes que generan los animales, son algunos de sus impactos.

Fuente: FAO

La ganadería tradicional, la que aprovecha el terreno natural sin apenas modificarlo y cría animales saludables, se encuentra en horas bajas. En cambio, la ganadería intensiva, que explota ingentes cantidades de animales en enormes instalaciones industriales, está tomando su relevo. Las consecuencias son muchas y todas negativas para el planeta. La ganadería industrial dispara las emisiones de gases contaminantes, acelera el cambio climático, reduce la calidad de la carne y aumenta el maltrato animal.

La ganadería tradicional o extensiva no es, desde luego, inocua. Está compuesta casi siempre por rumiantes (cabras, ovejas, vacas), que emiten sobre todo metano, un gas de efecto invernadero, pero al menos son animales que ocupan áreas naturales con las que han alcanzado una cierta simbiosis y en las que no impactan de forma apreciable. Los rebaños de cabras u ovejas ayudan a mantener limpio el bosque y reducen así el riesgo de incendios. Al vivir al aire libre, su alimentación es más sana y, consiguientemente, ofrecen una carne de calidad. Así lo resaltan los expertos en agroalimentación, que, en cambio, alertan de los perjuicios de la ganadería intensiva.

Las grandes explotaciones industriales están detrás de la destrucción de grandes extensiones de bosque, y no solo en el Amazonas, donde el ganado bovino causa el 70% de la deforestación). Ello es así porque para alimentar al ganado es necesario obtener grandes cantidades de pienso y pastos. Ese alimento solo se puede conseguir cultivándolo en terrenos arrebatados al bosque. Al deforestar, aumenta la emisión de CO2 de forma notable. Y, si bien es cierto que el metano de la ganadería extensiva tiene un potencial de calentamiento 28 veces más grande que el CO2, éste último tiene una vida cien veces más larga que el metano, igual que el óxido nitroso, otra de las sustancias que provoca la ganadería intensiva, como consecuencia de las enormes cantidades de deyecciones fecales (purines) que originan estos animales y de los fertilizantes empleados para obtener el pienso. Así lo explica la directora de la cátedra de Agroecología y Sistemas Alimentarios de la Universitat de Vic, Marta Rivera, que también forma parte del panel científico de asesores de la ONU para el cambio climático.

Las explotaciones tradicionales, más sostenibles, van desapareciendo a manos de las intensivas

Un total de 16 científicos españoles firmaban este año un artículo conjunto en The Conversation en el que afirmaban: «La producción de pienso utiliza amplias zonas de cultivo de soja y cereal, con frecuencia alejadas miles de kilómetros del lugar en que son consumidas. También conlleva el uso de fertilizantes y las emisiones asociadas a su fabricación, aplicación y transporte. A menudo, implica cambiar el uso de suelos para implantar cultivos».

Aunque no hay consenso sobre las cifras exactas, la comunidad científica sí admite que la ganadería es una pieza clave en el cambio climático, pues a nivel mundial es responsable de aproximadamente el 14,5% de las emisiones totales de efecto invernadero.

En un planeta donde el hambre ha dado un repunte en los últimos años, Greenpeace alerta de que «la ganadería no para de crecer, sobre todo la industrial, que necesita ya el 26% de la superficie terrestre para mantenerse». Según esta organización, si esa superficie (ahora destinada a producir piensos y biocombustibles) se usara para alimentos de consumo humano directo, podría alimentarse a 4.000 millones de personas. Greenpeace ofrece un dato elocuente: «El 60% del total de mamíferos del planeta Tierra ya es ganado, el 36% son humanos y solo el 4% son mamíferos salvajes».

Obviamente, la patronal que agrupa a los ganaderos intensivos españoles no está de acuerdo. La Unión de Uniones emitió un comunicado en el que critica las conclusiones del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) de la ONU y afirma que «en su conjunto, en España el sector ganadero solo general el 8% de las emisiones de gases de efecto invernadero, frente a un 27% del transporte, un 19% de la industria y un 17% de la generación de energía». «Es hipócrita poner el acento sobre todo en 2.800 ganaderías intensivas españolas y no en los seis millones de aparatos de aire acondicionado que tenemos funcionando en España en agosto», así como los aviones y barcos mercantes que circulan por el mundo, añade la nota.

La ganadería industrial es también la mayor fuente de sufrimiento de los animales, al encajonarlos de por vida

Sea como sea, cada vez son más las organizaciones públicas y los expertos que coinciden en un consejo: comer menos carne. No se trata de dejar de comerla por completo, afirman, pero sí de manera sistemática. Y ello por razones medioambientales, pero también de salud pública. Variando la dieta y haciéndola más equilibrada el organismo humano aleja peligros de enfermedades graves, pero también reduce la huella ecológica del ser humano sobre el planeta. «Muchos estudios indican que reducir la ingesta de carne ayudaría a mitigar el cambio climático. Una dieta con un mayor peso de legumbres, frutas y verduras de proximidad y temporada, en detrimento de carnes, bebidas azucaradas y alimentos procesados es un ejemplo de dieta más saludable y a la vez más sostenible desde el punto de vista climático», añaden los científicos españoles en su artículo de The Conversation.

Deforestación de la selva amazónica del Perú, para conseguir nuevas áreas para cultivar soja. | Mongobay

Por último, la calidad de vida de los animales en la ganadería intensiva supone, en casi todos los casos, una auténtica tortura desde que nacen hasta que mueren. Los terneros, separados de sus madres nada más nacer, son colocados en cajas para que no puedan moverse, justamente en el momento de su vida en que más necesitan hacerlo. El objetivo es lograr una carne más tierna, a costa del sufrimiento de millones de animales.

Joan Lluís Ferrer

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