Verde y Azul

El incierto futuro del agua y por qué ha empezado a cotizar en Wall Street

Si no tomamos la iniciativa, la situación se hará aún más insostenible en las zonas con estrés hídrico y pondremos en riesgo no solo la ya estresada fauna y flora, sino el futuro de la agricultura y del abastecimiento a humanos

El calentamiento global no es la única amenaza planetaria para nuestra especie. Hay otros procesos como la alarmante desaparición de especies o la acumulación masiva de residuos plásticos que también suponen un riesgo para los diferentes estilos de vida que conviven en nuestro mundo.

Y hay un componente esencial para la vida que en algunos lugares está sumido en un peligroso declive: el agua.

Uno de los mayores desastres ecológicos de la historia de la Humanidad –sino el mayor- es el del Mar de Aral. Este mar, otrora el cuarto mar interior más grande del mundo, ha reducido su tamaño a menos del 10% de su superficie original en poco más de medio siglo. Un hecho que ha cambiado la forma de vida de miles de personas, además de aumentar la incertidumbre climática en la región.

Un artículo recientemente publicado en la revista Atmospheric Research ha querido profundizar en las causas que han llevado a su casi desaparición. Y encontraron que la actividad humana ha sido -y es- el factor predominante.

El rápido proceso comenzó en la década de los 50, con un gran proyecto orquestado por la Unión Soviética. Su objetivo era resolver la disparidad que había entre la enorme cantidad de superficie cultivable pero desértica y las zonas con abundante agua en Asia Central.

Se construyeron embalses y reservas en los ríos de la región. Los cultivos como el algodón, el arroz o los melones, aumentaron enormemente. Aparecieron ciudades en una tierra donde, décadas atrás, tan solo subsistían pobladores nómadas.

La caída de la Unión Soviética no hizo más que agravar la situación. Los países que surgieron tras su disolución, ahora compiten por este valioso recurso que les permite mantener e incluso expandir los cultivos, mermando seriamente el equilibrio natural.

En la actualidad, el flujo de agua que entra en el mar de Aral por los ríos Amu Daria y Sir Daria es casi cuatro veces menor que el de 1950. Es más, desde la década de los 70 el río Sir Daria ni siquiera realiza un aporte continuo.

La velocidad a la que descendió el nivel del agua es abrumadora. De 1960 a 2004, el nivel descendía más de medio metro anual (56 centímetros). Y aunque en los últimos años la desecación se ha ralentizado, el agua sigue desapareciendo a un ritmo de 38 centímetros anuales.

Es verdad que a causa del aumento del agua de drenaje de la agricultura, otros lagos de la zona han aumentado su volumen. Pero la dramática realidad es que la suma total del agua muestra una cantidad inferior a la que presentaba hace décadas.

Los acuíferos avanzan hacia su desaparición, por lo que los cultivos tendrán que depender de los cada vez más variables cauces de los ríos.

En la actualidad, el mar de Aral se divide en dos lagos menores separados entre sí: el Mar de Aral Sur, abocado a su completa desaparición; y el Mar de Aral Norte que, gracias a un gran dique construido por Kazajistán, ve cómo sus niveles se mantienen estables.

El resto de lo que antes era su superficie ha dejado paso a un vasto desierto conocido como Aralkum.

Cada uno de estos barcos solía remolcar toneladas de pescado al año. La flota se oxida cerca del puerto Uzbeko de Moynaq, desde que el Aral se secó en los años ochenta.

Es probablemente el desastre más conocido a este respecto. Pero situaciones de extremo estrés hídrico se viven en todo el planeta, con la acción humana directa como principal motor.
El lago Chad, en África central, está viviendo una situación de progresiva desecación similar.
Los acuíferos del Midwest americano también están decreciendo a niveles insólitos.
– Incluso Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, se enfrenta a gravísimos problemas para asegurar la llegada de agua potable a sus residentes.

Situaciones parecidas las vemos en nuestro país.
El acuífero 23, del Alto Guadiana, aporta agua a una vastísima extensión de tierras de cultivo. En él se encuentran los Humedales de La Mancha, incluyendo el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel.
Pero el cada vez más extendido uso de regadío en la región, tradicionalmente de secano pero donde en los últimos años se riegan incluso olivos y viñas, compromete la salud del acuífero y, por lo tanto, de los humedales. A esto se suma la escasez de precipitaciones causada por el cambio climático.

Las Tablas de Daimiel a comienzos de este año se encontraban mayoritariamente secas, situación que se ha salvado utilizando agua de pozos de emergencia para evitar el incendio de la turba en el periodo estival. Una acción que pone un parche, pero que no se solucionará hasta que el acuífero vuelva a rebosar.

Los humedales de Doñana, el mayor foco de biodiversidad de Europa, también están en serio peligro provocado, una vez más, por la excesiva captación de agua para los cultivos circundantes.

A escala global el equilibrio hídrico se mantiene. El agua que desaparece de unas zonas llega a otras como pueden ser los océanos. Y, por supuesto, también hay regiones que están viendo un claro incremento en sus precipitaciones, como la meseta del Tíbet, o las mayores nevadas detectadas en regiones polares.

Sin embargo, estos cambios se están produciendo a una velocidad inusitada, sin dar tiempo a que las grandes poblaciones de humanos se adapten a estas nuevas realidades.

De continuar así la situación se hará aún más insostenible en las zonas con estrés hídrico, poniendo en riesgo no solo la ya estresada fauna y flora, sino el futuro de la agricultura y del abastecimiento a humanos.

El futuro del agua es tan incierto que incluso ha empezado a cotizar en Wall Street.

Estructura de un acuífero

¿Cómo cotiza en Bolsa? ¿Es bueno?

El agua es, desde hace una semana, un producto más del catálogo del mayor mercado mundial de derivados, el CME (Chicago Mercantil Exchange).

El agua cotiza en los mercados de futuro, que consiste, según define el BBVA, en la “realización de contratos de compra o venta de ciertas materias en una fecha futura, pactando en el presente el precio, la cantidad y la fecha de vencimiento”.

Históricamente los futuros se han utilizado para materias primas como el cobre o el petróleo, metales preciosos como el oro, alimentos como los cereales…

Pero con el agua no será lo mismo. Lo que se negociará son contratos de “10 acres pie de agua”, que se traduce en la cantidad necesaria para cubrir 10 acres (40.468 metros cuadrados) con un pie de altura de agua (30,5 centímetros)

Y en el CME, la Bolsa de futuros más grande del mundo, no se compra agua realmente, sino los derechos de su uso.

Como dice el columnista de opinión de Bloomberg experto en materias primas, David Fickling, “los productos básicos que son más importantes para los mercados financieros tienen varias características en común:

– Se utilizan a nivel mundial, pero se producen solo en unos pocos lugares.
– Son relativamente escasos y, por lo tanto, tienen un precio elevado.
– Su valor es alto en relación con su masa, de modo que incluso a largas distancias el costo del flete es una pequeña proporción del precio final”.

El índice del agua no puede responder a esos patrones ni tiene esas características, lo que explica que en su cotización, el nuevo contrato de futuros cuesta 486.53 dólares, equivalente a 39 centavos por tonelada. Nada comparado con el precio de una tonelada de oro, que se vende por 60 millones de dólares.

A favor:
Según los profesionales del CME, el precio del agua en California se ha duplicado en el último año, a la vez que aumentaba la escasez de un bien que es, junto con el aire, clave para la vida. “La llegada al mercado de materias primas permitirá una mejor gestión del riesgo futuro vinculado a este bien”.

“Agricultores, fondos o municipios podrán protegerse o especular ante los cambios en el precio del agua. Los nuevos contratos permitirán una mejor gestión del riesgo asociado a la escasez del agua y una mejor correlación entre oferta y demanda en los mercados”.

En contra
En el lado contrario se posicionan expertos de la ONU como el español Pedro Arrojo-Agudo, relator especial de Naciones Unidas sobre el derecho al agua potable y al saneamiento, que manifestó que «no se puede poner un valor al agua como se hace con otros productos básicos comercializados. El agua es de todos y es un bien público. Está estrechamente ligado a todas nuestras vidas y medios de subsistencia, y es un componente esencial para la salud pública”.

Héctor Díaz-Alejo

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