Verde y Azul

El ocaso del carbón en España

LA DESCARBONIZACIÓN DE LA ENERGÍA ABRE UNA PUERTA A LA ESPERANZA CLIMÁTICA. SIETE CENTRALES TÉRMICAS HAN CERRADO ESTE AÑO Y EL RESTO LO HARÁN HASTA 2026. DE MOMENTO, EL RESULTADO HA SIDO UN DESCENSO DEL 21% DE LAS EMISIONES DE CO2 A LA ATMÓSFERA RESPECTO AL AÑO ANTERIOR. SE CIERRA UN CAPÍTULO DE LA HISTORIA ECONÓMICA DEL PAÍS.

Réquiem por el carbón. El pasado mes de junio quedaron clausuradas siete de las trece centrales térmicas de carbón que quedaban en España, y el resto, que ya casi no producen electricidad, tiene programada su fecha de caducidad entre 2021 y 2026 (Es Murterar, en Baleares, será la última). Este proceso ha supuesto un avance importante hacia la descarbonización del país. El carbón se apaga y sus viejas centrales, junto a las minas, e incluso algunos pueblos, ricos en la España del blanco y negro, forman ya parte de la historia industrial de un país que, obligado por la necesaria prevención frente al cambio climático, apuesta por lo verde para llegar a las emisiones cero en 2050, cuando al carbón sólo se le recordará en los libros de historia y en la Wikipedia.

Se cierra también así una parte crucial de la historia de la industria española, ya que sin este mineral sería imposible el relato económico de autonomías como Asturias o Castilla-León. Son cuencas mineras donde en los mejores años, no hace tanto (en 1990), este material mantenía 45.000 empleos, 234 empresas y una producción de 19 millones de toneladas al año. Diez años después, debido a la presión de la UE para el uso de energías renovables y la eliminación de los gases de efecto invernadero, en 2020 sólo quedan quince empresas, unos 3.000 trabajadores y  una producción de 3.000 toneladas.

La central gallega de As Pontes, en la imagen, será un de la últimas en cerrar.  RENOVABLES VERDES

Tras el cierre de siete centrales en junio, sólo se ‘comerán el turrón’ dos asturianas (Aboño y Soto de Ribera), dos andaluzas (Los Barrios y Carboneras), la gallega de As Pontes en A Coruña, y la balear Es Murterar. Todas tienen el certificado de desmantelamiento sobre la mesa. La térmica más grande, la de As Pontes (A Coruña), permanece casi sin producción desde el pasado abril, aunque no está previsto iniciar su desmantelamiento hasta 2022.

El sol y el viento se imponen al viejo mineral, motor que protagonizó la Revolución Industrial del XIX en Europa pero que se extinguirá doscientos años después.

La economía española emitió 232 millones de toneladas de gases de efecto invernadero en 2019, un 5,7% menos que en 2018, año en que el Gobierno comenzó la cruzada contra los combustibles contaminantes y, en especial, contra el carbón. Según el último balance del  INE, la rama de la actividad industrial que más disminuyó sus emisiones de gases de efecto invernadero fue el suministro de energía eléctrica, gas, vapor, aire acondicionado y agua (20%). Con todo, fueron 45 millones de toneladas. En general, la producción de carbón cayó el año pasado un 66% respecto al 2018, quedándose con una cuota mínima del 5% del conjunto de tecnologías, un nivel sin precedentes.

El resultado más inmediato de la caída de la producción desde el punto de vista medioambiental ha sido un descenso inaudito de las emisiones de CO2 del sector eléctrico: el 21% respecto al año pasado y el 33% respecto al 2018.

Enemigo del clima

Se trata de un giro que facilitará el cumplimiento de los objetivos climáticos de España. A modo de ejemplo, As Pontes lanzaba anualmente a la atmósfera el equivalente al dióxido de carbono de dos millones de coches. Las térmicas eran hasta hace solo un par de años responsables de aproximadamente el 15% de todos los gases de efecto invernadero de España. En 2018, cerca del 15% de toda la electricidad consumida provino de esas plantas. Pero de eso parece que hace ya un mundo, y el pasado mes de mayo apenas generaron el 1,4% de la electricidad. Además, hubo jornadas en que no produjeron nada, algo nunca visto desde 1990, cuando arrancaron los registros de Red Eléctrica de España.

España ha cerrado ya este año siete centrales térmicas, al terminar el periodo de vigencia del Plan Nacional Transitorio (PNT), que les autorizó a funcionar desde el 1 de enero de 2016 hasta hoy sin cumplir con los límites de emisión que fija la normativa europea. En concreto, desde junio esperan su desmantelamiento las centrales de Compostilla II (León) y Andorra (Teruel), ambas propiedad de Endesa, así como Velilla (Palencia), de Iberdrola; Narcea (Asturias), La Robla (León) y Meirama (A Coruña), de Naturgy. También será desmantelada Puente Nuevo (Córdoba), de Viesgo.

Gráfico objetivos

El fin de la actividad de estas centrales también tendrá un impacto significativo en el empleo. Entre todas suman unos 1.100 trabajadores, entre contratos directos e indirectos. A algunos de los trabajadores las eléctricas les han ofrecido el traslado a otros lugares, pero la mayoría no podrán recolocarse en el sector.

Si en 2015 el 20% de la electricidad que consumimos procedía del carbón, en lo que llevamos de año no llega al 3%. La razón es que la sanción que se paga al contaminar por emitir dióxido de carbono  hace que producir electricidad con carbón sea mucho más caro. Las plantas que usan gas las han expulsado del mercado eléctrico aprovechando su bajo coste. El futuro pasa por las energías limpias. De hecho, la térmica de Teruel puede reconvertirse, incluso, en una planta fotovoltaica.

Asturias es, junto a las comunidades de Castilla y León y Aragón, la autonomía más afectada por el fin de la minería del carbón, pues, de las doce explotaciones que había abiertas a finales de 2017, ocho estaban situadas en esa región, mientras que en Castilla y León y Aragón había dos en cada una.

Además, de los alrededor de 2.000 mineros que quedaban en España en octubre de 2018, casi el 80% (1.615) trabajaba en Asturias y el resto en Castilla y León (320 mineros) y Aragón (89).

Desde el Instituto Internacional de Derecho y Medio Ambiente, la abogada ambientalista Carlota Ruiz-Bautista, considera que la clausura es un «paso fundamental para acelerar la transición energética» ,y recuerda que 2026 es la «fecha límite» para que el cierre de las centrales de carbón permita a España «alinearse con los Acuerdos de París».

Objetivos climáticos de España

El Consejo de Ministros aprobó a principios de noviembre la «Estrategia a Largo Plazo para una Economía Española Moderna, Competitiva y Climáticamente Neutra en 2050» (ELP 2050). Es un documento que marca la senda para lograr la neutralidad climática no más tarde de 2050. La ELP sintoniza con el aumento de ambición climática a nivel internacional liderado por la Unión Europea, que aspira a ser el primer continente neutro en emisiones en 2050. La Comisión Europea apuesta por incrementar el objetivo europeo de reducción de emisiones a 2030, pasando de al menos un 40% respecto a 1990 a un mínimo de un 55%.

Algunas centrales pasarán a ser plantas de energía limpia

El documento, además, contempla que España reduzca, no más tarde de 2050, sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 90% respecto a 1990. Esto implica reducir las emisiones de CO2 desde las 334 millones de toneladas equivalentes (emitidas en 2018 a un máximo de 29 en 2050. El 10% restante de las emisiones será absorbido por los sumideros de carbono, que serán capaces de captar unas 37 toneladas a mediados de siglo, lo que supone alcanzar la neutralidad climática.

 


Un sector que se desmorona en todo el planeta

La crisis económica derivada de la pandemia ha confirmado definitivamente que la energía renovable es la inversión más segura.

La industria global del carbón ha sufrido, también, sobremanera, durante la pandemia del Covid y la mayoría de los expertos afirman que ya no se recuperará jamás. La razón es clara: la crisis ha confirmado que gastar en energía renovable es una inversión más segura. Varios países de la UE como Alemania, Inglaterra, o Bélgica ya se habían alejado de los combustibles fósiles antes de que comenzara este año, pero el confinamiento forzó el cierre de plantas de energía en muchos otros países, nueva evidencia de que el uso del carbón deja atrás su pico.

Una de las consecuencias más obvias será el impacto en los modelos de cambio climático proyectados para este siglo, en particular, en aquellos que, en el peor de los casos, se basaban en la expansión continua de la industria de carbón hasta el 2100. La demanda de electricidad se desplomó durante el confinamiento y lo primero en ser recortado fue el uso del carbón.

La importación de este material en la Unión Europea ha experimentado un descenso del 66%, su nivel más bajo en los últimos 30 años. En Estados Unidos, las plantas no sólo han sido cerradas, sino que además han sido sustituidas por fuentes renovables, como en el caso de Great River Energy, en Dakota del Norte, que dependerán ahora de la fuerza eólica y el gas natural. Las marcas antiguas caen una tras otra.

La red energética del Reino Unido no quemó un solo trozo de carbón en 40 días, el período más largo ininterrumpido desde el principio de la revolución industrial hace más de 230 años. En Portugal, el registro sin uso de carbón se ha extendido más de dos meses. Suecia ha clausurado su última planta térmica de electricidad alimentada por carbón dos años antes de lo planeado porque un invierno templado significó que no fue necesaria, incluso antes de la pandemia. Austria cerró su última planta de carbón, en Mellach, hace dos semanas.

Así, esta industria cae en Europa y el mundo industrializado como si de un castillo de naipes se tratara, según concluyen expertos del Instituto sobre la Evolución Humana.