Verde y Azul

«Si se conservan los bosques, los contagios pueden ser anécdota»

Entrevista a Fernando Valladares, Biólogo y profesor de Investigación del CSIC

Además de realizar su labor en el Centro Superior de Investigaciones Científicas, dirige el grupo de Ecología y Cambio Global en el Museo Nacional de Ciencias Naturales y es profesor asociado de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Uno de los científicos españoles más citados, Valladares dirige el laboratorio internacional latinoamericano de Cambio Global LINCGlobal.

-¿Cuál es el papel de la biodiversidad en el control de zoonosis?

-Hay un primer mecanismo que es el de biodiversidad. Cuando tienes grupos de vertebrados e invertebrados y distintos grupos de especies, establecen relaciones entre ellos que regulan la demografía y evitan que los patógenos se desmadren. Un segundo mecanismo es el de dilución: cuando existen muchas especies de un mismo grupo funcional, como mamíferos roedores. Todos ellos pueden tener el patógeno, pero no todos son igual de buenos para el virus, en unas especies funciona muy bien y en otras no, por lo que éstas últimas hacen de cortafuego y la carga vírica baja. El tercero es dilución dentro de una especie y es lo que vemos entre nosotros: hay asintomáticos y contagiosos y eso tiene base genética. El mecanismo tiene interés en ecosistemas naturales y seminaturales, pero también en granjas donde la diversidad genética es baja. Cuando el virus entra en una explotación de gallinas y todas son muy similares entre sí, en pocos días tienes una carga vírica enorme y es muy difícil de controlar.

-¿Qué riesgos afronta cada región geográfica?

-Las regiones tropicales tienen altos niveles de diversidad de todo tipo: plantas, animales y patógenos. Allí el problema y la solución van unidos. El problema es cuando vamos a sacar madera y a hacer carreteras y enredamos en un ecosistema muy complejo en el que además entramos en contacto con agentes infecciosos. Si conservas el bosque amazónico, asiático y el de Guinea, esto se regula y los contagios se pueden quedar en una anécdota. En las regiones templadas del hemisferio norte, la principal cuestión es que vivimos mucha gente en ecosistemas muy simplificados y artificiales. El paso de las enfermedades es muy probable, porque hay menos barreras, mucha movilidad y transportamos a los patógenos en nuestro cuerpo. Y, finalmente, en las regiones polares y árticas influye el cambio climático, porque cuando el agua está congelada la actividad biológica es cercana a cero. El calentamiento global abre la caja de pandora al liberar virus y patógenos que estaban congelados. Podemos esperar cepas de viejos conocidos como la viruela, el ántrax o la gripe española.

-¿Cómo afecta la contaminación a la propagación de enfermedades?

-Tiene dos mecanismos de acción que a lo mejor no son graves, pero suman. Al afectar a nuestro sistema respiratorio, la gente que vive en atmósferas contaminadas va a sufrir más las enfermedades porque el virus tiene mayor letalidad en estos casos, como ocurre con el coronavirus. El otro es que las partículas con diámetro aerodinámico 2,5 sirven de asentamiento al virus. En el caso del SARS-CoV-2 puede estar adherido durante tres o cuatro horas a esas partículas, lo que aumenta la carga vírica. Aunque no es para volverse loco, la calima que moviliza partículas finas entre el polvo del desierto puede servir de pequeñas autopistas para virus como el del Valle del Niño en EE UU o el de la meningitis en África.

Andrés Valdés

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