Verde y Azul

Comida rápida contra el planeta

La producción a gran escala de productos cárnicos, cereales y pastos se traduce en deforestación, escasez hídrica y contaminación atmosférica

Alimentación. Agricultura y ganadería intensivas implican a menudo la tala o quema de miles de hectáreas de bosques, además de un elevado consumo de agua y un impacto sobre la salud que ponen en jaque el bienestar colectivo.

Deforestación, pérdida de biodiversidad, escasez hídrica, contaminación del agua, aumento de las emisiones de gas metano… Una larga lista de agresiones al planeta se esconde tras el consumo desmedido de carne. Un gesto en apariencia inocente, como el de sentarse en una cadena de alimentación rápida para comerse una hamburguesa, genera un enorme impacto ambiental sin vuelta atrás en la mayoría de ocasiones.

«El sector ganadero contribuye significativamente al total de emisiones humanas de gases de efecto invernadero (GEI)», señala la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). A nivel global representan ya el 14,5% y la ganadería industrial es especialmente responsable por el crecimiento exponencial de estas explotaciones intensivas en las últimas décadas.

El programa ONU Medio Ambiente denuncia que las selvas de Sudamérica están siendo taladas para plantar soja, una semilla muy rica en proteínas, y crear pastos para el ganado mientras que, de media, una hamburguesa de ternera de consume alrededor de 1.695 litros de agua si se incluyen todos los procesos necesarios para obtenerla.

La mayor parte de la soja mundial se produce en Estados Unidos, Brasil o Argentina. Una parte considerable, además, está genéticamente modificada. En el caso de los dos últimos países, la tierra de cultivo se obtiene a partir de la tala, quema y deforestación de la selva tropical. Una agresión ambiental con consecuencias en algunos casos irreparables. El incremento del número de fuegos en 2019 en la Amazonia y el Cerrado, en Brasil, y el Chaco, entre Bolivia, Paraguay, y Argentina son en parte consecuencia de la expansión de la soja y la ganadería destinadas a la exportación.

Colectivos conservacionistas de todo el mundo inciden en que llenar la cesta de la compra de este tipo de productos con alta huella de carbono tiene unas consecuencias no sólo para la salud del planeta, también para las personas. El consumo excesivo de carne roja o procesada suele traducirse en enfermedades cardíacas, diabetes y otras dolencias. El sobrepeso y la obesidad es una consecuencia directa de este tipo de alimentación.

La responsabilidad de qué productos adquirir en los supermercados, según los grupos conservacionistas, no puede, o no debería, recaer en el ciudadano de a pie. Para Greenpeace, han de ser los gobiernos los que apuesten por un sistema agroalimentario distinto, más responsable y concienciado ambientalmente. «Necesitamos una mejora de la gobernanza mundial, nuevos marcos regulatorios, líderes políticos que asuman los retos ambientales, y formas de alimentación que garanticen productos de calidad y de cercanía. Los políticos y las instituciones pueden promover modelos de alimentación más sostenibles», afirman. Alemania, por ejemplo, ya ha abierto el debate para subir el IVA a la carne y luchar contra el cambio climático. Aunque los responsables políticos germanos discrepan sobre las medidas para reducir el consumo cárnico, velando también el bienestar animal sin dañar a los productores y consumidores, el tema está ya sobre la mesa.

Para producir una hamburguesa de ternera se necesitan casi 1.700 litros de agua, un coste ecológico insostenible

Lo cierto es que la alimentación saludable y sostenible gana adeptos cada día, con el consumo de productos de proximidad o incluso con la autoproducción en huertos urbanos, cada vez más en auge. Sin ir más lejos, la FAO ha elegido València como sede del Centro Mundial para la Alimentación Sostenible (Cemas). Entre sus objetivos está el de «facilitar procesos innovadores para luchar contra la malnutrición en las ciudades y en el mundo, así como procurar soluciones ante el desafío que supone la alimentación sostenible y de calidad a las generaciones futuras». La idea es incrementar el consumo de frutas, verduras, pescados y legumbres, disminuyendo la ingesta de alimentos ricos en grasas o ultraprocesados.

La FAO persigue el reconocimiento de los sistemas agrícolas diversos, adaptados localmente, gestionados durante siglos por agricultores, pastores, pescadores y silvicultores que han dado lugar a paisajes extraordinarios y que combinan biodiversidad agrícola, ecosistemas resilientes y patrimonio cultural. Es decir, las antípodas de lo que supone la comida rápida.

Minerva Mínguez

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