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¿Por qué el bitcoin es perjudicial para el medio ambiente?

La reciente decisión del fundador de Tesla, Elon Musk, de dejar de aceptar el bitcoin para comprar sus coches alegando su impacto sobre el medio ambiente ha reabierto un debate sobre la criptomoneda inventada por un grupo de informáticos en el año 2008: ¿es el bitcoin sostenible desde el punto de vista ambiental?

Todos los estudios realizados hasta ahora apuntan a que la ‘minería’ informática necesaria para crear bitcoins genera un descomunal consumo de electricidad, que se traduce en la emisión de cientos de millones de toneladas de gases de efecto invernadero (GEI).

Un reciente estudio de Nature ha concluido que solo las operaciones de bitcoin en China producirán 130 millones de toneladas de GEI en 2024, más que las que genera en un año toda la economía de la República Checa. Otro estudio de la Universidad de Cambridge ha concluido que la energía anual que se necesita para producir bitcoins supera ya la que consume Argentina. Si el bitcoin fuera un país, consumiría más electricidad al año que Finlandia y Suiza.

Todo esto sucede porque la producción de bitcoins requiere el funcionamiento de cientos de miles de computadoras sin cesar a pleno rendimiento, lo que supone un enorme gasto energético. Y es que la ‘minería’ de esta criptomoneda se basa en la verificación constante de las transacciones mediante complicadísimos cálculos matemáticos, rompecabezas que garantizan que nadie edite de manera fraudulenta el registro global de todas esas transacciones.

El estudio de la Universidad de Cambridge ha concluido que el consumo de electricidad para ‘minar’ bitcoins equivale en la actualidad a 121,36 teravatios-hora (TWh) al año, por lo que se sitúa ya por encima de los de Argentina (121 TWh), los Países Bajos (108,8 TWh) y los Emiratos Árabes Unidos (113,20 TWh), y en breve superará al de Noruega (122,20 TWh).

En Islandia, la electricidad que demandan las ‘minas’ de bitcoins está ya a punto de superar el consumo de todos los hogares de la isla. Los responsables de una compañía eléctrica islandesa ya han lanzado una severa advertencia: si sigue aumentando la demanda para ‘minar’ criptomonedas, no habrá energía suficiente para abastecer a la población.

Analistas del Banco de América han señalado, en el mismo sentido que los estudios antes citados, que una inversión de 1.000 millones de dólares en bitcoins (Musk invirtió en su momento 1.250 millones) genera las mismas emisiones de carbono que 1,2 millones de vehículos de gasolina en un año.

Además, la creciente complejidad del sistema (los acertijos para verificar las transacciones son cada vez más complejos) genera un círculo vicioso para el medio ambiente: aumento del precio de la criptomoneda, aumento de la potencia necesaria para minar, aumento del consumo de energía y, finalmente, aumento de las emisiones de dióxido de carbono.

El dinero convencional contamina mucho menos

Los defensores de la criptomoneda resaltan que también genera GEI la fabricación de monedas y billetes ‘ordinarios’, y que un elevado porcentaje de la ‘fabricación’ de bitcoins, entre el 40 y el 75 por ciento, utiliza energías renovables.

Pero los analistas del Banco de América han replicado que tres cuartas partes de la ‘minería’ se registra en China, donde más de la mitad de la energía se produce con carbón. Y que el impacto sobre el medio ambiente de la fabricación de papel moneda es infinitamente menor que el de la ‘minería’ de criptomonedas.

Foto: Pixabay

Un ejemplo: en China existen ‘minas’ para crear criptomonedas con hasta 170.000 superordenadores conectados entre sí, que suman en un solo día el mismo consumo de la Comunidad de Madrid en un mes.

Y es que para ‘minar’ bitcoins hacen falta ‘mineros’, que ceden sus ordenadores para que resuelvan algoritmos complejísimos, la llamada ‘prueba de trabajo’.  A cambio, obtienen fracciones de bitcoin. El problema es que a medida que se van resolviendo, los rompecabezas matemáticos se van complicando más y más, por lo que, para que las ‘minas’ no bajen su rendimiento, se requiere más cantidad de funciones criptográficas (hashes), lo que se traduce en un consumo eléctrico cada vez mayor.

Un informe de Morgan Stanley publicado en 2017 ya detallaba que por cada moneda digital que se crea, se consume, por término medio, lo mismo que un hogar estadounidense durante dos años.

El anuncio de Musk de que no aceptará bitcoins para la adquisición de sus coches, que llegó solo 50 días después de que abriera esa posibilidad para sus clientes en los Estados Unidos, ha supuesto un auténtico terremoto: el precio de la criptomoneda cayó un 12 por ciento en apenas unas hora.

El fundador de Tesla justificó su decisión por el uso “cada vez mayor” de combustibles fósiles, especialmente el carbón, para el minado y las transacciones con bitcoin. Musk quiere así acabar con la paradoja que supone vender coches eléctricos para evitar emisiones de carbono y, a la vez, permitir como medio de pago un método altamente contaminante como el bitcoin.

Elon Musk y un bitcoin. Foto: Pixbay

El éxito de esta moneda digital tiene relación con su revalorización: más de un 10.000 por ciento en los últimos cinco años. El valor actual del bitcoin, cuyo control recae únicamente de forma colectiva en sus usuarios, sin la intervención ni de bancos ni gobiernos, se sitúa por encima de los 36.600 euros, aunque llegó a superar los 50.000 el pasado mes de marzo. Y es que la elevada volatilidad del bitcoin puede variar notablemente su cotización en cuestión de minutos.

Para comprender cómo se ha revalorizado el bitcoin (dinero P2P de código abierto) basta señalar que el primer pago realizado con esta criptomoneda ocurrió el 22 de mayo de 2010, cuando el programador Laszlo Hanyecz pagó 10.000 bitcoins por dos pizzas en un establecimiento de la cadena Papa John’s. Esos 10.000 bitcoins equivaldrían en la actualidad a unos 366 millones de euros.

Página sobre el proyecto bitcoin: https://bitcoin.org/es/

Página de la Universidad de Cambridge sobre el consumo eléctrico del bitcoin: https://cbeci.org/

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Ramón Díaz

Ramón Díaz Alonso (Llanes, Asturias; 1962). Trabaja desde 1990 en La Nueva España, primero como corresponsal en la comarca oriental de Asturias, después como responsable de la edición del oriente de Asturias y desde 2017 en la sección de Asturias, especializado en información política, de infraestructuras y ambiental. Colabora desde enero de 2021 con Verde y Azul, el canal de medio ambiente de Prensa Ibérica y Grupo Zeta. Es coautor de varias publicaciones de la Asociación Asturiana de Periodistas y Escritores de Turismo (ASPET).