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Los colibríes también usan el olfato para detectar enemigos

En menos tiempo del que se tarda en leer esta frase, los colibríes pueden percibir algún problema potencial, y lo hacen a través de su olfato. Ese es el resultado de una nueva investigación de la Universidad de California Riverside (UCR) que demuestra, contrariamente a la creencia popular, que los pájaros diminutos tienen un fino sentido del olfato.

Los investigadores saben desde hace algún tiempo que los buitres tienen un olfato muy sensible, y algunas especies de estas aves son a menudo llamadas ‘sabuesos del aire’. Esto se debe en parte a sus grandes bulbos olfativos, región del cerebro que controla el olfato.

Sin embargo, los bulbos olfativos de los colibríes son, como el resto de sus cuerpos, extremadamente pequeños. Estudios anteriores no pudieron demostrar que los colibríes mostraran preferencia por el olor de las flores que contienen néctar.

Además, las flores polinizadas por aves generalmente no desprenden olores fuertes,  a diferencia de las polinizadas por insectos. Por estas razones, los científicos no creían hasta ahora que las aves tuvieran una gran capacidad de oler cosas.

En cambio, un equipo de la UCR ha demostrado por primera vez que los colibríes no solo pueden oler a los insectos que los amenazan, sino que su capacidad olfativa puede ayudarles a mantenerse fuera de peligro mientras buscan néctar para comer. La revista Behavioral Ecology and Sociobiology ha publicado el artículo que describe sus experimentos.

Foto: Pixabay

«Es algo bastante emocionante, ya que es la primera demostración clara de que los colibríes utilizan su sentido del olfato para tomar decisiones de alimentación y evitar el contacto con insectos potencialmente peligrosos en una flor o en un comedero», dijo Erin Wilson Rankin, profesora asociada de entomología y coautora del estudio.

Rechazan el olor de los insectos que los amenazan

Para sus experimentos, los investigadores dejaron que más de 100 colibríes eligieran entre dos comederos, uno de ellos con agua azucarada sola y el otro con agua azucarada que incorporaba algunos químicos cuyo olor indicaba la presencia de un insecto. No había diferencias de aspecto visual entre ambos comederos.

Las pruebas incluyeron el aroma depositado en las flores por las abejas europeas, un químico de atracción secretado por las hormigas argentinas y finalmente el ácido fórmico, un compuesto defensivo producido por algunas hormigas fórmica que se sabe que daña tanto a las aves como a los mamíferos.

«Si un ave tiene la piel descubierta en las patas, el ácido fórmico puede doler y si le entra en los ojos, no es agradable», dijo Rankin.

Los colibríes evitaron los dos productos químicos derivados de las hormigas, especialmente el ácido fórmico. Sin embargo, no tuvieron ninguna reacción al olor de la abeja, que se sabe que disuade a otras abejas de visitar las flores.

Para asegurarse de que las aves reaccionaban a la sustancia química en sí, y no simplemente por rechazo a nuevos olores, los investigadores realizaron una prueba adicional con butirato de etilo, un aditivo común en la alimentación humana.

Foto: Pixabay

«Huele a goma de mascar Juicy Fruit, que no es un olor conocido en la naturaleza», dijo Rankin. «A los pájaros no les importó su presencia y no hicieron nada por evitarlo», añadió.

Rankin dijo que el estudio plantea nuevas preguntas sobre la importancia subestimada que juega el olfato en las decisiones de alimentación de las aves y, específicamente, en la alimentación de los colibríes.

Rankin normalmente estudia las interacciones tróficas, o como ella lo explica, la ciencia de «quién come a quién» en la naturaleza. «Los colibríes y los insectos podrían estar compitiendo por los recursos florales», afirmó.

«Sus decisiones de búsqueda de alimento nos ayudan a comprender cómo funciona el ecosistema y cualquier acción que, en última instancia, pueda ser necesaria para la conservación»,añadió.

Artículo de referencia: DOI: 10.1007/s00265-021-03067-4

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Joan Lluís Ferrer

Joan Lluís Ferrer Colomar (Ibiza, 1967) es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad del País Vasco (UPV-EHU). Desde 1988 ha ejercido el periodismo en prensa, radio y televisión en Bilbao, Catalunya y Baleares. Especializado en información ambiental, desde 2019 coordina la sección Crisis Climática en los periódicos de Prensa Ibérica. Desde 2020 dirige Verde y Azul, el canal de medio ambiente de Prensa Ibérica y Grupo Zeta.

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